
- Por: Maria Emilea Sazo
Hace unos años, la organización del estado era un tema que muchos evitaban como si fuera una clase extra de matemáticas un viernes por la tarde. Se hablaba en tonos serios, en canales serios, con gente seria. Había que esperar a leer el periódico por las mañanas, ver noticias, y tratar de entender discursos largos y a veces vacíos. Pero algo cambió: La política se volvió viral. Hoy, cualquier persona con un dispositivo puede enterarse en segundos de una crisis internacional, un escándalo de corrupción o una marcha masiva. Todo desde una historia de Instagram o un hilo de Twitter. Ahora se coló por las pantallas y se instaló en nuestras manos, entre música y memes divertidos.
Muchos crecieron viendo líderes como figuras casi inalcanzables, como si fueran personajes de otro planeta.
Para las generaciones anteriores, la política era un espacio de respeto, pero también de distancia. Muchos crecieron viendo líderes como figuras casi inalcanzables, como si fueran personajes de otro planeta. Para nosotros, en cambio, los gobernadores tienen TikTok, se equivocan en vivo, suben videos bailando o terminan convertidos en memes en menos de cinco minutos. Esa cercanía ha hecho que veamos el poder con otros ojos: más humanos, sí, pero también menos confiables.
Por otro lado, la tecnología ha democratizado el acceso a la información. Podemos investigar, contrastar, criticar. Y eso es poderoso. La red nos da herramientas para construir nuestra propia opinión, para participar, para organizarnos desde un grupo de WhatsApp hasta una tendencia global con un hashtag. Pero no todo es color de rosa. También hay riesgos. Las redes están llenas de desinformación, discursos de odio, manipulación disfrazada de verdad. La política, como todo lo que se vuelve contenido, puede caer en la superficialidad: importa más el video viral que la propuesta de fondo. Los debates se vuelven peleas de comentarios, y los argumentos, simples frases hechas para ganar likes.
A veces tanta información nos abruma, nos paraliza. Vemos injusticias todo el día y ya no sabemos cómo reaccionar.
Además, vivimos en la era del cansancio digital. A veces tanta información nos abruma, nos paraliza. Vemos injusticias todo el día y ya no sabemos cómo reaccionar. Nos volvemos cínicos o indiferentes, como si la política fuera solo otro capítulo más de esta serie infinita llamada internet.
Aun así, prefiero esta versión donde las oficinas de traje y corbata se juntan con las y redes y los likes y hacen que sea mas universal. Prefiero ver a jóvenes interesados, presentes, formando parte del sistema. Porque aunque aún esté lejos de ser perfecto, el cambio se acerca aun más si todos nos informamos y conectamos con este mundo, nuestro mundo.
La política de hoy es digital, pero eso no la hace menos real. Al contrario: es en línea donde se libran muchas de las batallas más importantes. Solo nos toca decidir si vamos a ser espectadores… o protagonistas de nuestro futuro.
“El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores hombres. “ – Platón



